🌳UN TIEMPO JUNTOS. Un viaje lleno de risas.

 🌳UN TIEMPO JUNTOS. 

Hay viajes que se recuerdan por el destino, otros por las fotografías… y algunos, simplemente, porque estuvieron llenos de risas. 

Para esta familia viajar siempre ha sido una oportunidad para estar juntos, bromear, nadar, conversar y convertir cualquier momento en una pequeña aventura. Esta historia guarda un pedacito de esa alegría familiar… y también el nacimiento de un sueño compartido. 

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🌳UN TIEMPO JUNTOS

Desde muy temprano, la casa de Alejandro y Fabiola parece estar de fiesta. Hay maletas abiertas, toallas, trajes de baño, una hielera llena de refrigerios y dos niños que van de un lado a otro preguntando cuánto falta para salir.

—¿Ya guardaron los trajes de baño? —pregunta Fabiola mientras revisa por tercera vez las maletas.

—¡Sííí! —responden César y Natalia al mismo tiempo.

—¿Y las toallas?

—¡También!

—¿Y las ganas de divertirse? —Alejandro aparece cargando la hielera.

César se revisa los bolsillos, Natalia busca detrás del sillón y Fabiola levanta una ceja.

—Creo que ésas se nos olvidaron.

Todos consiguen mantenerse serios apenas un par de segundos antes de soltar la carcajada. Así comienzan casi todos sus viajes: entre bromas, pláticas y mamá asegurándose de llevan todo lo necesario. Esta vez pasarán unos días en un lugar con albercas, árboles y suficiente espacio para acampar. 

Durante el camino cantan, conversan, inventan juegos y preguntan varias veces si ya van a llegar.

—Sí, como en unas seis horas —responde Alejandro muy serio.

—¡¿Seis horas?! —protestan los niños.

—Alejandro… —Fabiola intenta no reír.

—Bueno, quizá cinco.

Cuando finalmente llegan, César y Natalia ayudan a descargar maletas, hielera y bolsas con cosas misteriosas.  

—¡La alberca! —grita Natalia.

—¡El último que llegue pierde! —añade César.

—¡Nadie corre! —grita Fabiola, pero los dos ya van camino a cambiarse.

Poco después están todos junto al agua. César entra de un salto y levanta una ola enorme que moja a Alejandro de pies a cabeza. Alejandro mira su camisa empapada y luego a su hijo.

—Eso fue una declaración de guerra.

—¡Sálvese quien pueda! —César comienza a nadar muerto de risa.

Alejandro se lanza detrás de él y Natalia aprovecha para salpicar a su mamá.

—¡Yo no tengo nada que ver en esto! —protesta Fabiola.

Una nueva ola le cae encima. Fabiola se acomoda el cabello, mira a los tres y sonríe.

—Muy bien. Ustedes lo pidieron.

Un momento después, está en el agua, participando de lo que se convertirá en la legendaria batalla de agua: salpicones, persecuciones, chapuzones y tantas risas que al final necesitan sentarse un momento para recuperar el aliento.

—¡Hagamos unas olimpiadas! —propone César.

—Perfecto, pero les advierto que están frente a un atleta de alto rendimiento —Alejandro acepta de inmediato.

—¿De cuál rendimiento? —Fabiola lo mira de arriba abajo con una media sonrisa.

César y Natalia vuelven a reír. Así nacen las Primeras Olimpiadas Familiares de Vacaciones. 

La primera prueba consiste en cruzar la alberca nadando. Natalia resulta rapidísima, César intenta alcanzarla y Alejandro asegura que perdió porque el agua estaba “más pesada de su lado”. 

En la competencia de aguantar la respiración gana Fabiola.

—¡No se vale! —protesta Alejandro.

—¿Por qué?

—Todavía no sé, pero voy a encontrar una razón.

Después llegan los clavados. César intenta hacer el más espectacular, Natalia busca provocar el salpicón más grande, Fabiola entra al agua con bastante más elegancia y Alejandro pide atención.

—Observen cuidadosamente. Esto que van a ver requiere años de entrenamiento.

Corre, salta y ¡PLOOOOSH!

Cae al agua, la ola alcanza hasta las sandalias que dejaron en la orilla y durante varios segundos nadie puede hablar de tanto reír.

—¿Cómo se llama ese clavado? —pregunta César.

—El hipopótamo volador —Alejandro sale del agua levantando el mentón con aire de dignidad.

Las olimpiadas terminan cuando, el ruido de sus estómagos comienzan a recordarles que también fueron de vacaciones a comer. Alejandro prepara el carbón, Fabiola organiza la mesa y César y Natalia ayudan llevando platos, tortillas y salsas, aunque de vez en cuando desaparece misteriosamente algún pedacito de carne.

—Aquí había uno —dice Alejandro.

—Qué raro —responde César mientras mastica.

—Misterios de las vacaciones —Natalia, se encoje de hombros.

Comen juntos todavía con el cabello húmedo. Platican sobre las competencias, discuten quién ganó realmente y recuerdan una y otra vez el famoso clavado del hipopótamo volador.

Cuando oscurece encienden una pequeña fogata cerca de la tienda de campaña. El aire se vuelve fresco y los cuatro se acomodan cerca del fuego, mirando las chispas subir hacia el cielo. 

Alejandro saca una bolsa de bombones… 

—¡Si!  El postre.  —se alegra Fabiola. 

Mientras los asan, la conversación va de una cosa a otra, casi siempre sucede así.

—Estaría padre tener un lugar así —dice Alejandro. —Algún día lo tendremos.

Los cuatro guardan silencio unos segundos, sonríen porque pueden imaginar cómo sería. 

—¡Pero debe tener alberca! —dice Natalia.

—Una alberca grande, para hacer competencias —añade César.

—Y para que tu papá practique el hipopótamo volador —dice Fabiola.

Una nueva ronda de carcajadas, luego continúan con las ideas.

—Yo quiero nogales y una higuera —Fabiola sigue imaginando el lugar.

—Y una explanada grande, para hacer fiestas —propone César.

—¡Sí! Para invitar a nuestros amigos —dice Natalia.

—Pues yo quiero un gran asador —Alejandro ya tiene muy claro lo suyo.

—Eso de rigor, amor—Fabiola le guiña un ojo. 

—Pero uno grande de verdad, con espacio para hacer carne para todos —insiste él.

Entonces comienzan a agregar cosas a aquel lugar imaginario: árboles, flores, sombra, mesas, espacio para que llegue la familia, otro para los amigos y un rincón especial donde puedan encender una fogata en las noches frías y quedarse platicando hasta tarde. César imagina las fiestas, Natalia a sus amigos corriendo alrededor de la alberca, Fabiola piensa en sus nogales y en una higuera cargada de frutos, mientras Alejandro explica con lujo de detalle dónde tendría que ir el asador.

—Y cuando hagamos nuestras propias olimpiadas ahí, ya sabemos quién gana —dice César.

—Claro: Yo —responde Alejandro sin dudar.

—¡Papá! —protestan los niños.

—¿Qué? El hipopótamo volador fue técnicamente impecable.

Fabiola niega con la cabeza entre risas y los cuatro siguen imaginando aquel lugar mientras el fuego comienza a apagarse. Todavía no saben dónde estará ni cómo será exactamente; solo saben que tendrá agua para nadar, árboles para disfrutar, un buen asador, muchas reuniones y un rinconcito junto al fuego para quedarse hablando cuando llegue la noche.

Antes de entrar a la tienda de campaña, Alejandro aclara una última cosa:

—¡Ah! —Alejandro se detiene brevemente antes de entrar  a la tienda— Para que no haya discusiones mañana… yo gané las olimpiadas.

Las risas vuelven a escucharse bajo el cielo de vacaciones.


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Entre agua, fuego y estrellas

Ríe el agua, canta el fuego,

la noche invita a soñar;

entre bromas y proyectos

un hogar empieza a imaginar.

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Pasar un tiempo con las personas que amas  siempre es una maravillosa decisión. Disfrutar juntos, crear recuerdos,  reír con las ocurrencias de cada uno… soñar con el futuro.  Son regalos que la vida ofrece y que se deben aprovechar.   


Autora de cuentos infantiles
 Mamá Búho Cuenta





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