LLUVIA INESPERADA. La abejita Karla

🌧️LLUVIA INESPERADA.

Hay días que comienzan llenos de planes. Sabemos a dónde queremos ir, qué queremos hacer y hasta imaginamos todo lo que lograremos antes de volver a casa.

Pero, de pronto, algo cambia, y lo que parecía tan importante tiene que esperar.

Entonces descubrimos que las pausas inesperadas también pueden regalarnos algo: un momento para descansar, una conversación, un nuevo amigo o simplemente el tiempo necesario para recuperar fuerzas.

Porque a veces no hacemos las cosas como las habíamos planeado… y eso también está bien. 

🐝🌧️🦋🌼



🐝🌧️🦋🌼

El día amanece hermoso en el prado. El sol ilumina y ofrece un rico calorcito y brisa suave mueve las flores. Karla sale temprano de la colmena, acomoda sus lentes y emprende el vuelo.

—¡Hoy será un buen día! —dice contenta.

Va de flor en flor recogiendo polen. Visita las margaritas, revolotea entre las lavandas y después se dirige hacia un grupo de flores amarillas que acaba de descubrir. Está tan entretenida que no se da cuenta de que, a lo lejos, el cielo comienza a ponerse gris.

Una gota cae sobre una hoja…. luego otra, y otra más.

—¿Lluvia? —Karla mira hacia arriba.

¡Plic! Una gota cae justo en su cabeza.

—¡Ay! —grita Karla 

Luego empieza a volar rápido para  regresar a la colmena, pero la lluvia arrecia. Sus alas comienzan a mojarse y cada vez le cuesta más trabajo volar.

—Así no voy a llegar muy lejos…

Mira a su alrededor buscando dónde refugiarse y descubre una pequeña abertura entre unas piedras.

Con mucho esfuerzo llega hasta ella y entra. Es una pequeña cueva, apenas lo suficientemente grande para resguardarse de la lluvia. Karla sacude sus patitas, se quita los lentes para secarlos y abre sus alas intentando que se sequen.

—¿También te sorprende la lluvia? —se escucha una vocecita detrás de ella.

Karla da un pequeño salto. En el fondo de la cueva hay una hermosa mariposa, con las alas recogidas cuidadosamente detrás de su cuerpo.

—¡No te había visto!

—Llego un poquito antes que tú —responde la mariposa—. Me llamo Myrna.

—Yo soy Karla.

Afuera, la lluvia cae con fuerza. Karla mira hacia la entrada, inquieta.

—Tengo que regresar a trabajar. Todavía quiero visitar muchas flores.

—Creo que tendrás que esperar —le dice Myra mientras observa sus alas mojadas.

—Pero tengo cosas que hacer.

—Yo también —responde Myrna—. Quiero llegar hasta el campo de girasoles.

—¿Y no estás preocupada? —Karla la mira sorprendida.

—Un poco. Pero si salgo ahora, la lluvia puede lastimar mis alas. Y con tus alas mojadas tampoco puedes volar bien.

—Entonces… ¿qué hacemos mientras esperamos? — Karla suspira. 

No le gusta quedarse quieta cuando sabe que hay trabajo por hacer.

—Podemos conversar. —Myrna sonríe.

Y eso hacen. Myrna le cuenta que conoce lugares del prado que Karla nunca ha visitado. Le habla de un rincón donde crecen flores diminutas de muchos colores y de un árbol que, cuando llega la primavera, se llena de pequeñas flores blancas. Karla le cuenta sobre la colmena, sobre sus compañeras, cuánto disfruta recoger polen y lo feliz que se siente cuando puede enseñar algo nuevo a las abejitas que están aprendiendo.

Hablan y hablan mientras escuchan la lluvia golpear las piedras.

—¿Sabes? —dice Karla después de un rato—. Yo siempre quiero aprovechar el día. Siento que si estoy aquí sentada, estoy perdiendo el tiempo.

Myrna mueve suavemente sus antenas.

—Pero no estás perdiendo el tiempo. Estás dejando que tus alas se sequen.

Karla mira sus alas y sonríe.

—Y estoy conociendo a una nueva amiga.

—¡Eso también! —responde Myrna.

Las dos ríen.

Pasa el tiempo y casi sin que se den cuenta, la lluvia comienza a disminuir.

Plic… plic… plic…

Hasta que finalmente se detiene. Un rayo de sol entra por la abertura de la pequeña cueva.

—¡Mira! —dice Karla.

Las dos salen con cuidado. Karla mueve sus alas y comprueba que ya están secas. Myrna extiende lentamente las suyas y deja que el sol las acaricie.

—Creo que ya podemos continuar —dice Myrna.

—Sí. Y creo que aprendo algo. — Karla sonríe.

—¿Qué cosa?

—Que detenerse un rato no significa perder el tiempo. 

—A veces necesitamos detenernos para poder continuar. —Karla sonríe.

Las dos emprenden el vuelo. Antes de separarse, Myrna señala hacia el otro lado del prado.

—¿Ves aquellos árboles? Detrás está el lugar de las flores diminutas que te cuento.

—¡Quiero conocerlas! —Los ojos de Karla brillan detrás de sus lentes.

—Cuando quieras, yo te enseño el camino. 

Karla se despide y vuela rumbo a la colmena. Ese día no consiguió todo el polen que esperaba recoger, pero regresa con algo que no salió a buscar: una nueva amiga, un lugar por descubrir y un gran aprendizaje: hay momentos para volar, momentos para trabajar… y también momentos para detenerse, cuidarse y esperar a que pase la lluvia. 


🐝🌧️🦋🌼

Cae la lluvia sobre las flores,

descansa el viento sobre el rosal,

dos pares de alas esperan tranquilas,

ya habrá momento para volar.

Mientras las gotas mojan el camino,

nace una charla, nace una amistad,

porque hay encuentros que llegan sin aviso

cuando aprendemos a esperar.

Después las nubes siguen su viaje,

el sol regresa para iluminar

y aquellas alas que hicieron una pausa

vuelven felices a volar. 

🐝🌧️🦋🌼


A veces queremos seguir adelante aunque estemos cansados, aunque las circunstancias cambien o aunque necesitemos detenernos un momento.

Pero hacer una pausa no significa rendirse ni perder el tiempo. También necesitamos descansar, cuidarnos y reconocer cuando todavía no es momento de continuar.

Y quizá, mientras esperamos, ocurra algo que no estaba en nuestros planes: una conversación, una amistad, una idea nueva o un camino que todavía no conocíamos.

La lluvia siempre termina por pasar. Entonces podemos extender nuevamente nuestras alas y continuar el viaje, tal vez un poquito más fuertes y con algo nuevo en el corazón. 



Autora de cuentos infantiles
 Mamá Búho Cuenta





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