PEZ DORADO Y EL NIÑO. El pez que volvió a su hogar

PEZ DORADO Y EL NIÑO 

Hay peces que nacen en peceras… y hay peces que, aunque estén en una, nunca dejan de recordar el lago.



                                                                                        🐟 🐡 🐠



 PEZ DORADO Y EL NIÑO

En una pequeña pecera, junto a una ventana, vive un pez dorado.

Da vueltas… una y otra vez… una y otra vez…

Pero no siempre fue así.

A veces, cuando la luz entra suave por el cristal, sus ojos se iluminan, porque allá, a lo lejos… puede ver el lago. Es el lago donde nació.

—Ahí está mi hogar… —susurra en silencio.

Cada día lo mira. Cada día lo recuerda. Cada día… lo extraña.

Un día, decide intentarlo.

Toma impulso… mueve su colita con fuerza… y ¡salta fuera de la pecera!

Pero el aire no es agua. El mundo se vuelve difícil… pesado… imposible.

Antes de que algo malo ocurra, unas manos lo levantan con cuidado.

Es el niño.

—¡No, no! —dice preocupado—. ¿Por qué haces eso?

Y lo regresa a su pecera.

El pez vuelve a nadar…pero ya no igual. Ahora nada con un deseo más fuerte.

Esa noche, el niño sueña con su pez dorado. Lo ve nadando, pero no en la pecera… sino en un lago enorme, brillante, lleno de vida, al lado de otros peces como él, juegan, brinca, se persiguen, se esconden entre las algas,  se ven felices.  

Entonces  su pez lo ve, se acerca y le habla.

—Yo no nací para dar vueltas… nací para nadar libre.

El niño despierta. Siente en su corazón que debe hacer algo, ahora entiende porque su pez brinca fuera de la pecera:  

—Quieres ir a casa…—le susurra, —si yo estuviera lejos de mis padres y mis amigos, también querría regresar con ellos.

Al día siguiente, prepara una pequeña aventura. Con cuidado, toma la pecera. La abraza porque siente que dentro lleva un tesoro. Y camina…

hasta el lago.

Al llegar, observa el agua mansa, que refleja la luz del sol, los arboles a lo lejos, siente el viento suave. 

Se agacha. Sus manos tiemblan un poquito.

—Creo… que este es tu lugar —dice bajito. — Y es un lugar hermoso. 

Inclina la pecera, una lágrima corre por su mejilla, pero no se detiene.  El agua se mezcla con el lago… y el pez dorado sale.

Primero despacio. Luego más rápido. Luego… libre. Nada. Gira. Se aleja… y regresa.

Y entonces, salta. Un pequeño brinco brillante bajo el sol. Parece que le dice:  gracias.

Después, se pierde entre otros peces. Entre los suyos. En su hogar.

El niño se queda mirando. Sonríe, se seca las lágrimas. Siente un huequito en el pecho… pero también siente algo más grande: la felicidad de haber hecho lo correcto.

—Prometo venir a visitarte de vez en cuando…

Se queda un momento más admirando el paisaje, después vuelve a casa.



                                                                                          🐟 🐡 🐠

No todo lo que amamos 

se queda con nosotros, 

a veces, amar, es dejar ir.

Porque amar también es eso:

abrir las manos y confiar.

 

                                                                                            🐟 🐡 🐠



Hay sueños que no caben en una pecera. Y corazones que nacieron… para nadar libres.

Autora de cuentos infantiles
 Mamá Búho Cuenta





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