EL MOLINO. Memorias de la tienda de abarrotes

🍭EL MOLINO


Hay lugares que, aunque el tiempo pase, siguen viviendo en la memoria.

Para muchas personas de la colonia, El Molino era más que una tienda de abarrotes. Era un punto de reunión: un lugar donde las mañanas olían a café y pan dulce, a refrigerios para la escuela, y las tardes se llenaban de conversaciones, risas y saludos entre vecinos.

Desde la mirada de una niña, este recuerdo guarda además de los olores, la calidez de Doña Beni y Don Elías, quienes con su trabajo y su cariño hicieron de esa tienda un lugar querido por todos.


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🍭EL MOLINO 

Cuando yo era niña, antes de tener edad para ir a la escuela, pasaba muchas horas en la tienda.

Ahí estaba con mis padres, quienes desde temprano recibían el pan, la leche, el periódico y a los proveedores, para atender las necesidades de las personas de la colonia.

Se llamaba El Molino.

Y no era una tienda cualquiera. En temporadas especiales, desde muy temprano se escuchaba un sonido rítmico: el molino trabajando.

A veces molía nixtamal para tamales, a veces membrillo o guayaba para la deliciosa cajeta,  a veces trigo…

La molida en seco era la más complicada.

En los días regulares, cuando no había molienda, mis papás, desde temprano recibían a los clientes con una sonrisa.  Ellos conocían a todos los vecinos, y casi todos los vecinos los conocían a ellos.

La tienda era un punto de encuentro. Las personas llegaban tempranito a comprar cosas para el desayuno. Mientras esperaban, platicaban, se saludaban y preguntaban por la familia.

—Buenos días, Doña Beni.

—¿Cómo amaneció hoy, Don Elías?

La tienda siempre olía a muchas cosas juntas: a pan dulce, café molido, especias… y a dulces de colores acomodados en la vitrina.

A mí me gustaba mirar cuando llegaban los niños. Entraban con una moneda apretada en la mano, la sonrisa bailando en su rostro y los ojos llenos de emoción.

—¿Tiene estampas nuevas para el álbum?

—¿Me da un dulce de tamarindo?

—¿Una soda de fresa?

En los momentos de más trabajo, la tienda se llenaba de gente.

Muy de mañana, antes de que los niños entraran a la escuela, era una parada obligatoria para comprar algo rico para el recreo. A medio día, para llevar lo necesario para la comida. Y al terminar la tarde, para la cena.

Pero también había ratos tranquilos. A veces llegaban amigas de mi mamá. No iban a comprar nada urgente.

Se sentaban cerca del mostrador, compartían un café o un refresco y platicaban. Podían pasar ahí mucho tiempo, riendo y recordando historias.

A mí me gustaba escucharlas reír.

Era pequeña, pero podía entender algo importante: El Molino no era solo una tienda. Era un lugar donde las personas se encontraban, se saludaban, y compartían un pedacito de su vida.

Y yo estaba ahí, mirando, guardando todo en mi memoria y mi corazón 



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En la esquina de la colonia

giraba un molino temprano,

y junto al olor del maíz

nacían saludos y manos.


Frascos llenos de dulces,

monedas, risas y pan…

En El Molino aprendí

que la vida se comparte

cuando hay puertas abiertas

y un buen corazón para dar.



🍩🍫🍬🍭

Hay lugares que parecen pequeños en el mapa, pero enormes en la memoria. El Molino fue uno de ellos.

Una tienda donde las personas no solo compraban lo necesario para el día, sino que también encontraban conversación, compañía y amistad.

Quizá por eso, cada vez que recuerdo ese sonido del molino trabajando desde temprano, siento que vuelvo un momento a la infancia… y a ese rincón de la colonia donde todos se conocían por su nombre.


Autora de cuentos infantiles
 Mamá Búho Cuenta





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