EL RITMO DE LULY.
🎼EL RITMO DE LULY
Hay personas que escuchan música… y otras que además la llevan por dentro. Para ellas, cualquier momento puede convertirse en una canción: unos pasos por el pasillo, el sonido de los zapatos, una vuelta inesperada o hasta una tarea que espera sobre la mesa. Cuando la alegría encuentra su ritmo, el mundo entero es un escenario para bailar.
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Luly llega de la escuela casi dando saltitos. Abre la puerta, deja los libros sobre una silla y corre hasta la consola de la sala. Ese es su momento favorito del día. Levanta con cuidado la tapa, elige uno de sus discos de acetato y lo sostiene por las orillas, como ha visto hacer a los mayores. Lo coloca, mueve una palanquita y espera. El disco comienza a girar. Luly acerca la aguja.
—Crrrrr…
Y entonces… ¡la música! Sus grandes ojos se iluminan y una sonrisa le ocupa toda la cara. Primero mueve un pie. Luego el otro. Después las rodillas, los hombros, las manos y, finalmente, todo el cuerpo. Su falda roja gira con ella mientras atraviesa la sala de un lado a otro. Su largo cabello castaño vuela sobre sus hombros y, por unos minutos, Luly está convencida de que no se encuentra en su casa, sino en medio de un enorme escenario.
Toma un cojín.
—¡Señoras y señores! —anuncia—. ¡Con ustedes… Luly!
Deja caer el cojín y hace una reverencia ante un público imaginario. La mesa es la primera fila. Las sillas ocupan los mejores lugares y el florero, muy serio, parece observarla desde un palco de honor. Luly da una vuelta. Luego otra. Y otra más.
—¡Uy!
Por poquito tropieza con sus libros. Los mira. Recuerda que tiene tarea.
—Después —decide.
Porque justo comienza su canción favorita. Ahora baila rumbo a la cocina. Abre la alacena siguiendo el compás, toma una galleta con un movimiento elegante y regresa dando pasitos hacia atrás. Muerde. Gira. Mastica. Gira otra vez. ¡Hasta comer tiene ritmo!
De pronto, la música termina. Luly queda inmóvil, con un brazo arriba, el otro extendido y un mechón de cabello atravesado sobre la cara. Silencio. Mira la consola.
—¡Otra vez!
Corre hacia ella y vuelve a colocar la aguja. La casa se llena nuevamente de música y Luly vuelve a bailar. Baila mientras guarda los zapatos, baila mientras lleva los libros hasta la mesa, baila mientras saca su cuaderno y busca el lápiz. Hasta intenta hacer la tarea moviendo la cabeza al ritmo de la canción.
Uno, dos, tres… Escribe.
Uno, dos, tres… Borra.
Uno, dos, tres…
—¡Así sí se puede hacer tarea!
Cuando alguien se asoma a la sala, encuentra a una niña de seis años, vestida de rojo, inclinada sobre su cuaderno y moviendo los pies debajo de la silla. Porque Luly puede dejar de dar vueltas. Puede sentarse. Puede incluso hacer la tarea.
Pero dejar de encontrar música en todas partes… ¡eso sí que no!
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Gira el disco, suena una canción,
Luly la escucha con el corazón.
Un paso adelante, dos para atrás,
si empieza la música… ¡no para jamás!
Baila la falda, el cabello también,
las manos, los hombros y hasta los pies.
Porque hay quien encuentra, sin tener que buscar,
un poquito de música en cada lugar.
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Cada persona tiene una manera especial de disfrutar la vida. Algunas pintan, otras cantan, inventan historias, juegan o sueñan; Luly encuentra su alegría bailando. Lo importante es descubrir aquello que hace sonreír nuestro corazón y regalarle un espacio en nuestros días.

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