TAZAS DE PELTRE AZUL. Un descanso compartido.

 

TAZAS DE PELTRE AZUL  

Hay personas que dejan huella con los pequeños gestos de todos los días.

Don Elías y Doña Benita son de estas personas.  Reconocidos por su generosidad, su espíritu de servicio y su gran corazón.  La imagen de ellos sentados en sus mecedoras a media tarde, con  dos enormes tazas de peltre azul llenas de café caliente, me lleva a ese lugar cálido que llamamos hogar. 

Este cuento es un abrazo para ellos, para su amor de tantos años, para los momentos sencillos que terminaron convirtiéndose en los recuerdos más valiosos y para todas esas familias que descubren que la felicidad suele esconderse en una conversación compartida alrededor de una taza de café.


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TAZAS DE PELTRE AZUL  

En la tienda entran y salen clientes durante el día.  Una señora por un kilo de azúcar, un niño compra un dulce, alguien pregunta por una medicina y otro vecina aprovecha para platicar un rato. Mientras Doña Benita despacha detrás del mostrador, intercambia frases y risas con los clientes. Don Elías acomoda unas latas, o trae unas sodas frías y le sonríe a cada persona que cruza la puerta. Parece que la tienda nunca descansa.

Uno de los hijos llega para hacerse cargo del negocio.

—Aquí me quedo.—Dice, después de saludarlos. 

Don Elías mira a Doña Benita. Ella le devuelve la sonrisa. No hace falta decir nada más. Juntos caminan hasta la trastienda, donde los esperan sus mecedoras, una pequeña mesa y, dos enormes tazas de peltre azul. Son las favoritas de la casa. Guardan casi medio litro de café, conservan el calor durante mucho tiempo y, si el café llega a enfriarse, basta ponerlas directamente sobre la llama de la estufa para que vuelvan a humear. Nadie entiende cómo Don Elías puede sostenerlas enseguida sin quemarse. Él solo sonríe... ese es su secreto.

Hoy, sobre la mesita, también hay platitos con  esponjas. Mañana quizá toque pan de anís o un pan blanco. En realidad, cualquiera sabe delicioso cuando se acompaña de café caliente y de una buena conversación.

Las mecedoras comienzan a balancearse despacio. Suspiran casi al mismo tiempo, luego hablan: proveedores de mañana, ¿Alcanza con lo que tenemos para pagar la leche?, pero después la platica llega a los  recuerdos de alguna travesura de los hijos o los nietos... a ratos comentan lo que hay en la tele o  se ríen de una anécdota que ya han contado muchas veces. A veces no hablan de nada importante. A veces solo se miran y sonríen entre sí, solo disfrutando de la compañía... a veces toca dormitar un ratito. 

Entonces aparece un nieto.

Se acerca despacito hasta la mesita y observa las enormes tazas azules.

—¿Abuelito... me das tantito café?

Don Elías levanta la vista, sus ojos se iluminan, sonríe y acerca la taza.

—Nomás un sorbito.

—¡Está muy caliente!—El niño prueba el café y enseguida hace una mueca.

Los abuelos se miran y sueltan una carcajada.

—El café bueno siempre lo está —dice Don Elías mientras guiña un ojo.

Poco después llega otro nieto. Luego aparece otro hijo. Alguien entra buscando un abrazo, otro trae pan recién hecho y, casi sin darse cuenta, la trastienda se  llena de voces, risas y conversaciones. Siempre parece haber lugar para alguien más. Así transcurren los días en aquella casa donde nueve hijos, sus familias, veintiséis nietos y, con el paso del tiempo, también los bisnietos descubren que el cariño tiene la extraña costumbre de hacerse más grande cada vez que se comparte.

Para el niño, todo eso parece completamente normal. Cree que las mecedoras siempre estarán allí, que las tazas nunca dejarán de llenarse de café y que los abuelos tendrán tiempo para todo. Solo muchos años después comprende que aquellos minutos eran el verdadero descanso de dos personas que dedicaron su vida entera a trabajar y a cuidar de los demás.

Desde entonces, cada vez que una taza de peltre azul vuelve a llenarse de café, alguien recuerda aquella trastienda donde parecía que el tiempo caminaba más despacio. 

Pues el amor a veces se manifiesta simplemente en una tarde tranquila sentados en una mecedora, en  una taza de café que se disfruta, en esos pequeños instantes que disfrutamos y que  sin saberlo, un día se convertirán en los recuerdos más queridos.



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Entre dos tazas de peltre azul

No fueron castillos,
ni viajes lejanos,
ni tesoros escondidos.

Fue una cocina tibia,
dos mecedoras que crujen despacito
y el aroma del café
llenando la casa una vez más.

Fue una mirada cómplice,
una sonrisa conocida,
una conversación sin prisa
después de un largo día.

Fueron manos que trabajaron sin descanso,
pero que nunca olvidaron
hacerse un lugar
para sentarse una junto a la otra.

Fue una familia creciendo alrededor,
hijos, nietos y bisnietos
aprendiendo que el amor
también se sirve caliente,
en una taza sencilla,
de esas que conservan el calor
igual que los buenos recuerdos.

Porque hay objetos que parecen de peltre...

y otros,
como el amor verdadero,
están hechos para durar toda la vida.


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Quizá esa es la forma más hermosa en que viven los recuerdos: pequeñas costumbres que permanecen de una generación a otra: tomar café en tazas grandes,  colocarse una diadema en la cabeza,  percibir el olor de la yerbabuena, escuchar una canción.  

Hoy, cada taza de peltre azul nos recuerda que el amor también puede heredarse. Que las conversaciones compartidas, las risas en familia y los instantes sencillos nunca desaparecen del todo. 


Autora de cuentos infantiles
 Mamá Búho Cuenta





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