DOMINGO. Cuatro hermanos, un patio y una linda familia.

 🏡DOMINGO. Cuatro hermanos, un patio y una linda familia.  

Hay domingos que no necesitan grandes celebraciones para convertirse en inolvidables. 

Basta un patio lleno de árboles, una pelota que rueda de un lado a otro, unos hermanos inventando aventuras y la llegada de quienes siempre traen consigo abrazos, risas... y una bolsa de pan dulce.

Hoy abrimos la puerta de una casa donde el amor se sirve a la mesa cada domingo y los recuerdos comienzan mucho antes de que alguien diga: "¡Ya es hora de comer!" 


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🏡DOMINGO  

Los domingos son especiales en aquella casa. Desde temprano, la mercería permanece cerrada y Don Armando disfruta que puede quedarse en casa con su familia todo el día. Mientras Angelina prepara la comida, él acomoda unas sillas bajo la sombra y sonríe al escuchar el alboroto que llega desde el patio.

Es un patio enorme. Una parte tiene una plancha de cemento donde rebota la pelota con fuerza, pero el resto es tierra suave, árboles de durazno, membrillos, mezquites y, justo en medio, un enorme árbol.

—¡No vale, Alejandro! ¡Así no se lanza! —protesta Isabel, mientras corre detrás de la pelota.

—¡Sí vale! ¡Sí vale! —responde Alejandro entre risas.

Mario, que apenas tiene tres años, corre todo lo que pueden sus piernitas. A veces alcanza la pelota y otras simplemente corre porque los demás corren.

Armando, el mayor, observa la escena con su casco de soldado. Camina serio, como si estuviera cuidando toda la misión.

—Soldados... el enemigo viene por los árboles —anuncia con voz firme.

—¡Yo también soy soldado! —Mario abre los ojos muy grandes.

—Entonces protege el durazno —ordena Armando.

—¡Ya está seguro! —Mario abraza el tronco con todas sus fuerzas.

Las carcajadas llegan hasta la cocina.

De pronto se escucha el ruido de un automóvil.

—¡Ya llegaron! —grita Isabel.

Los cuatro dejan la pelota, el casco y el árbol sin pensarlo dos veces. Corren hacia la puerta.

—¡Mamaíta!

La pequeña abuela abre los brazos antes de que puedan detenerse y recibe un abrazo colectivo que casi la hace perder el equilibrio.

—¡Pero qué grandotes están todos!

Detrás de ella aparece su Nino, alto, fuerte y siempre sonriente. Levanta una bolsa de papel como si fuera un tesoro.

—Traigo algo muy importante.

—¿Qué es? ¿Qué es? —preguntan los cuatro al mismo tiempo.

—Eso lo descubrirán hasta la noche.

—¿Nomás tantito? —Alejandro intenta mirar dentro de la bolsa.

—Nomás tantito... no.

Todos ríen.

Mientras los grandes entran a la casa para poner la mesa, los niños ayudan como pueden. Uno lleva servilletas, otro vasos, alguno solo estorba un poquito... pero todos quieren participar.

La comida transcurre entre pláticas, risas y anécdotas que los pequeños escuchan sin entender del todo. Ellos solo saben que cuando Mamaíta y su Nino vienen de visita, la casa parece hacerse más grande.

La tarde se alarga entre carreras, escondites y nuevas aventuras bajo los árboles. Cuando el sol comienza a esconderse, su Nino finalmente coloca la bolsa sobre la mesa.

—Ahora sí... ya es hora.

Dentro aparecen esponjas, cuernitos, empanadas, polvorones y otros panes de dulce que llenan la cocina de  deliciosos olores.

—¡Yo quiero una esponja! —dice Mario.

—Yo una empanada —responde Alejandro.

—A mí un polvorón —elige Isabel.

—Yo el que quede. —Armando espera hasta el final.

—Al soldado también le toca premio. —Su Nino sonríe y le acerca una esponja grande.

Mientras afuera el cielo cambia lentamente de azul a naranja, adentro la familia disfruta de estar juntos.  

Quizá ninguno de ellos imagina que, muchos años después, no recordarán el menú de aquella comida ni quién ganó el juego de la pelota. Pero sí recordarán aquel gran patio, el casco de soldado, los abrazos de Mamaíta, la risa de su Nino... y la bolsa de pan dulce que, trae consigo un pedacito de felicidad.


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Domingos

Los domingos tienen magia,

huelen a tierra y a hogar.

A risas bajo los árboles,

a manos listas para abrazar.

A pan que se comparte, 

a historias por comenzar,

porque cuando la familia se reúne,

el tiempo parece esperar.


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Hay recuerdos que no nacen de grandes viajes ni de fechas extraordinarias. Nacen en un patio de tierra, bajo la sombra de un árbol, entre una pelota, un casco de soldado y las voces de quienes más queremos. 

Con los años comprendemos que aquellos domingos nos regalaron mucho más que una comida en familia. Nos enseñaron que la felicidad se encuentra en las cosas más sencillas: una visita inesperada, una mesa compartida, una bolsa de pan dulce y el privilegio de crecer rodeados de amor. 

Ojalá que todos conservemos, en algún rincón del corazón, un domingo como este... porque siempre habrá un aroma, una risa o un pedacito de pan que nos lleve de regreso a casa. 


Autora de cuentos infantiles
 Mamá Búho Cuenta





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